Cuando tenía tiempo para dormir en la selva

Si hay una sola cosa que eche de menos de la maternidad es esa sensación de poder hacer cosas (cualquier cosa) sin tener prisa por volver a casa y sin tener ese sentimiento raro “de abandono” de mi retoño cada vez que salgo. No tener responsabilidades por las que volver a casa y sobre todo, eso de “vivir el momento” sin preocuparme por nada ni por nadie.  Lo que viene siendo cero preocupaciones.

Me gustaría poder volver a viajar sin tener esa sensación de tener prisa por regresar a casa, y no limitar mis estancias a la imperante y natural necesidad de estar con mi pequeña y de cuidarla. Lo sé, podría llamarse hijitis aguda pero yo reconozco abiertamente que no soy capaz de escaparme 100% tranquila dejando a la peque (aún sabiendo que está fenomenalmente bien cuidada). Y en el hipotético caso que me marchara unos días, está claro que tendrían que ser limitados. A veces, por una extraña razón, a las madres nos invade un sentimiento de culpa rarísimo al separarnos de nuestros peques, y a veces, me gustaría que desapareciese por unos días… 

Una de las experiencias más bonitas y enriquecedoras que he tenido fue visitar Thailandia, en plan “mochilero” total, lo que hizo que pudiese disfrutar del país en su verdadera esencia, sin hacer las típicas rutas turísticas y usando los servicios públicos del país. Ir a Thailandia e ir a hoteles de lujo baratos está bien, pero no te permite disfrutar de determinadas experiencias. Es la única forma real, a mi entender, de conocer verdaderamente un país. Me fui un mes entero para poder exprimir al máximo las vacaciones pero lo único que me llevé organizado desde aquí fue el vuelo. Cogí una mochila, mis billetes de avión, y me fui sin nisiquiera reservar un hotel para dormir. Si hay un país más que preparado para el turismo, sin duda ese es Thailandia.

Como contar el viaje en un solo post sería como escribir El Quijote os cuento, de todas, la mejor experiencia que pude traerme de vuelta a España; hacer una excursión por la Selva de Chiang Mai y convivir con una tribu durante un fin de semana. Contraté una excursión donde me juntaron con otras personas españolas y de otros países, sin conocernos, y aunque al principio suene chocante, es una experiencia super enriquecedora. La experiencia me dio lecciones y bofetadas de realidad a partes iguales.

Con un guía (un señor Thailandés que podría ser mi abuelo), nos adentramos en la selva provistos de mochilas de montaña y buen calzado, como estúpidos del primer mundo que somos, mientras nos cruzábamos con mujeres porteando a sus bebés caminando por la selva en unas chanclas deshechas.  Si, porteando, en la selva, y en chanclas por un terreno abrupto, arenoso, pedregoso y en ocasiones embarrado. Primera lección del día.A lo largo del viaje, el guía cogió setas y plantas que iba echando en una bolsa que esa misma noche nos prepararía para comer, con un arroz. INCREIBLE. Tras muchas horas caminando, pasando mucho calor, con un porcentaje de humedad nunca visto (ni sufrido) llegamos al poblado. Era un poblado compuesto de unas pocas casas hechas de bambú, instalado junto al río, y con mucho barro por cada esquina.Al llegar conocimos a las personas que componían esta tribu, nos dimos una ducha (consistente en un cubo de agua gigante de agua de lluvia que tenías que echarte por encima con un cazo). Cenamos un arroz maravilloso con las setas y las plantas que el guía había cogido y pasamos una velada nocturna a la luz de una hoguera, (ni que decir tiene que obviamente no había electricidad), tocando música, cantando y bailando. Fue realmente muy divertido, y como experiencia “social” fue realmente gratificante, ya que personas de distintos países e idiomas pueden disfrutar de una buena experiencia sin conocerse.Los días siguientes hicimos una excursión por el río, subidos en una balsa de bambú que uno de los integrantes del poblado hizo para el momento. Pude tocar un elefante y darle de comer, hacer fotos, disfrutar de la tranquilidad del lugar pero sobre todo empaparme de una forma de vivir tan sencilla, tan tranquila, tan ausente de toda necesidad material… Es un viaje, que sin duda, te cambia.Os diré que nos trataron con una amabilidad que yo nunca había visto. Si hay algo que tengo que resaltar de este viaje, es que me enamoré localmente de su gente, de sus modales, de su hospitalidad, de la costumbre que tienen de compartir contigo hasta lo que no tienen, de su humildad y de su inexistente necesidad de poseer bienes materiales innecesarios. Los niños son felices con nada, y están todo el día sonriendo.

Este viaje me cambió de una forma especial, tanto que me planteé el volver… sin embargo, aprendí cosas que me mejoraron como persona. Pude comprobar cuando en algún apuro, las personas no dudaron en socorrerme, ayudarme, tenderme su mano e incluso ofrecerme su propia comida. Al no tener el viaje organizado, como es obvio, alguna cosa se torció pero no supuso problema alguno. La seguridad en el país es elevada y la facilidad para contratar hoteles es sorprendente. Sinceramente, creo que muchos países suspenden en turismo al lado de éste.

Pero sobre todo, si algo aprendí es que lo mejor de viajar es enriquecerte con otras culturas. Esa riqueza es algo que no te da nada en este mundo, más que viajar, viajar y mezclarte con las personas del país que visites y que te encuentres totalmente abierto a lo que tengan que aportarte. Que es mucho.

No cambiaría mi maternidad por nada del mundo, sin embargo, a veces, me gustaría ser capaz de irme de vacaciones sin sentirme culpable de dejar a mi peque al cuidado de otras personas. Por supuesto, escaparme un mes, para conocer un país, va siendo inviable.

Y tú, ¿Echas de menos viajar a solas?

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1 Comment

  1. Responder

    Bebé a Mordor

    18 marzo, 2017

    Me encanta el recuerdo, Luz… Es genial. <3
    Eso sí, yo sigo teniendo tiempo para dormir en la selva. No echo de menos viajar a solas. Para nada. 🙂

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